El Anciano

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Salía del portal a la misma hora todos los días, en ese espacio en el que, aunque aún es de noche, algo hace percibir que pronto dejará de serlo. Por su aspecto, pelo blanco, andar encorvado -aunque decidido- no era difícil deducir que el tiempo de jubilarse ya le había tocado. Vestía como cualquier hombre mayor pero llevaba una mochila al hombro siempre que emprendía sus paseos de madrugada. La llevaba llena de zapatos y guantes viejos que, el día anterior, recogía por los cubos de basura de su barrio. Comenzaba su marcha y de vez en cuando -en una secuencia que sólo él llegaba a comprender- sacaba un guante de la mochila y lo arrojaba en la acera, depositaba un zapato encima de un coche o dentro del hueco por el que los árboles beben en una ciudad. Al ser preguntado en una ocasión -por un paseante curioso, su yo matutino, un periodista con ambiciones artísticas, quién sabe- por qué realizaba tan extraña tarea, contestó sin pensárselo un instante: un zapato o un guante sobre el asfalto hacen volver los días violentos que esta ciudad ha tenido y que nadie parece querer recordar.

Publicado por Daniel Bernabé aquí

Hamam

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Éste es el día de la tía Farida. En la cesta de palma trenzada ponía un botella de agua, peras, una sandía pequeña, una piedra pómez, el guante negro para las fricciones y su frasco de perfume de color azul, las ropas limpias y la pastilla de jabón de cardamomo. Íbamos al hamam.

En la primera sala no hacía mucho calor. Niñas y mujeres secándose el pelo y las extremidades. La algarabía del gritar iraquí y los aullidos de las más ancianas. Mujeres que se dan masajes unas a otras. Cuando entras a la segunda sala, aumenta el chapoteo del vapor. Allí verás el susurro de los cuerpos barnizados de calor, agua y sudor. Jadeos entrecortados y chillidos que rasgan los tanques de agua. Las fronteras están abiertas en los baños iraquíes, y la única lengua que sirve para comunicarse es el tacto.

Todo se desliza ante tus ojos. Las manos te asen, te enredan entre sus muslos, te desanudan las trenzas, te empapan de agua, te enjabonan y vierten sobre ti cazos de agua caliente,  aúllas. Me cepillan el pelo. Muero entre las manos de esas mujeres, la espuma de jabón ciega mis ojos. La tía Farida suspira y se inclina sobre sus rodillas. Sus pechos me introducen en un estado de sopor, sus pechos, el jabón, el vapor y todo ese estrépito. Me enrosca entre sus muslos y me extiende las piernas. Tiene el pelo mojado, largo, suelto, ligero y suave. Te rindes, te duermes, tu piel ya está vacía, vacía de sus secretos, la suciedad también es un secreto.

Alia Mamduh, escritora iraquí. 

Yo misma y mi amiga Vanessa pasamos por este momento, pasamos muchísimo miedo al oír a todas esas mujeres reir a carcajada como locas, seguramente se estaban riendo de nosotras al vernos tan asustadas, hasta que nos dimos cuenta de que lo único que querían hacer con nosotras era lavarnos. Qué bonita experiencia aquella.

Legazpi – Sol

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Las voces roncas del pasado se establecen como asidero mental a nuestras más íntimas contradicciones.

Sólo en el juego encontramos la verdadera naturaleza de los momentos abstractos que componen nuestra sinfonía existencial.

El vagón se desplaza rompiendo las posibilidades y añadiendo viajeros como cartas de póker trucadas.

Sólo me interesan aquellos que llevan las suelas relucientes de tanto caminar.
Un proceso raro y automático de entretenimiento desglosado.

Sus ojos me dejan de inspirar confianza.
Me dan miedo los desconocidos que silban como theremines.

Por lo menos hoy me llevo el abrazo sincero de unos pocos, un gesto de complicidad con mi derrota. Elegimos sólo las puertas que se abren, pero abrimos todas las que haga falta.Rodamos a la deriva sublimes sin interrupción.

Daniel Bernabé