Caballero del Olvido

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Voy al barrio donde ya nadie me espera,
donde todo lo que importa es casi nada,
vivo matando dragones con poemas,
y me encantan las princesas trasnochadas.

No me preguntes nunca lo que hice,
ni me preguntes
por qué.

He cambiado mi armadura
por una chupa gastada,
no confío en los espejos
si no me muestran tu cara.
Cabalgo por tu imposible,
mi lanza  no está oxidada,
es tu espalda mi castillo,
y mi bandera  son tus bragas.

Voy sin dejar huella donde pise
y sólo las verás cuando me marche.
No te preguntes nunca si te quise,
ni me preguntes
por qué.

No pretendo encarcelarte
es una torre dorada,
no hay mas ogros que los miedos,
y las brujas jubiladas
se lo montan con su escoba
si te refugio en mi cama.
Vamos a escribir el cuento
en que el final nunca se acaba.

El mejor error que has cometido,
doy siempre lo contrario a lo que pido.
Prefiero follarte en los portales,
beber tus penas, no importa cuáles,
trepar por la escalera de tus dudas,
hasta la celda en que pintas desnuda
mi retrato con la sangre de tu vino
soy para siempre,
tu caballero del olvido.

Carlos Salem

Párrafo del libro “A los pies de Omphalos”

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Hoy día del libro, he relatado un párrafo de un bonito libro A los Pies de Omphalos de Henri Raynal .

Luc abarcó con la mirada a Matilde; su andar natural, suelto; su bella y virtuosa seguridad. Pero sus ojos volvieron a posarse en ese pecho danzarín que avanza como una carretilla cargada de heno, que cruje y gime, y cuyos bordes ceden, a punto de volcar, pero que no obstante sigue su camino.

Su voluntad se embotó, cayo bajo el embrujo. Matilde estaba sentada. Leyó con sorpresa en los ojos de Luc, que no solamente no tenía nada que hacerse perdonar, sino que era él quien tomaba la iniciativa y volvía, como un culpable arrepentido, a ponerse a sus órdenes.

Lo vio encaminarse a la antecámara y regresar con sus zapatillas en la mano. Se arrodilló ante ella. Sacó cuidadosamente de su estuche sus pies que, e los zapatos, con la arrogancia de su afiladores y crueles tacones, parecían dos muy finos y agudos zuecos de cierva.

Así, Luc se ofrecía por su propia iniciativa, y reconocía los derechos que ella tenía sobre él. Se entregaba a ella. Este homenaje era una caricia moral que la llenaba de gozo y la colmaba más que cualquier caricia física. Una oleada de orgullo la recorrió por entero y la elevó, la levantó más allá de sí misma…